El despedir a otra persona es una de las decisiones más duras que nos toca llevar a cabo. Los años endurecen y nos ponen esa coraza que nos protege y evita que nos afecte el ejecutar estas acciones que normalmente, no dependen de nosotros. Pero esta coraza que
vamos forjando no nos supone olvidar el componente humano que llevamos dentro y el tacto con el cual se debe comunicar el despido.
La persona que sufre el despido puede reaccionar de la forma menos lógica que nos pensemos porque muchas veces no se lo espera ni se lo imagina y aunque pueda intuirlo pero, hasta que no llega ese momento, no sabe como reaccionará ante su despido. Puede ser que se quede en estado de shock, sin reaccionar, que llore desconsoladamente, que os increpe y se enfade porque no está de acuerdo con la decisión o que, por el contrario, la encaje bien, preguntando o diciendo lo que estime oportuno.
Pero quizás el caso más particular es cuando es el representante de la empresa el que no es capaz de controlar sus sentimientos en la comunicación de los despidos y se derrumba cada vez que le toca acometer esta tarea que forma parte de su trabajo. He de decir que el primer despido es muy duro. Se pasa mal y se suele llevar a casa. Genera rabia y supone que habrá muchas dudas de si se podría haber evitado. De nada sirve lamentarse porque muchas veces la decisión de la ejecución del despido no depende de nosotros y debería ser el que la tomó quien la comunicara, aunque bien es cierto que pocos se atreven a dar la cara.
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