La verdad que a todos los efectos no se ven síntomas de recuperación fiables en lo que a la reactivación del mercado laboral se refiere. Y ahora, a comienzos del último trimestre del año, las cosas no pintan demasiado halagüeñas.
No es por ser alarmista pero voy a poner un ejemplo que refleja muy bien la situación que se vive.
Noviembre del 2008 se reúne, como hacen habitualmente cuando tienen oportunidad, un grupo de 10 amigos y amigas de los cuales en esos momentos todos tenían trabajos fijos y estables en diversos puestos (desde puestos bases hasta puestos de alto nivel) y en empresas de sectores muy diversos (industria, formación, comercio exterior, etc.) y salvo pequeños inconvenientes habituales de todos los trabajos ninguno temía por perder su puesto de trabajo.
En la actualidad, concretamente noviembre del 2009, esos 10 amigos vuelven a reunirse y, por desgracia, es muy distinta. De los 10 amigos, concretamente siete han perdido su puesto de trabajo y se encuentran en el desempleo en búsqueda activa de empleo. Otros dos están con expediente de suspensión de empleo en sus organizaciones y solamente uno conserva en condiciones iguales su puesto de trabajo y su empresa no tiene pinta de tener que reducir personal. La verdad es que es funcionario.
Y estamos hablando de personas con perfiles cualificados y con nivel de formación superior que, a priori, no deberían tener problema por recolocarse. Pero la situación es distinta. Incluso diversificando sectores, no han tenido suerte.
El contenido de sus conversaciones ha variado considerablemente porque antes hablaban de muchas cosas como sus trabajos, sus casas, sus hijos, sus vacaciones, etc. Ahora todo gira en torno a la vorágine de la búsqueda de empleo, bolsas de trabajo, plazas de personal laboral, oposiciones, cursos de reciclaje profesional, programas de postgrado, autocandidaturas. Lo demás es secundario porque al no tener trabajo, tienen que contener muchos gastos, independientemente de que cobren la prestación por desempleo. Sus ingresos han descendido drásticamente.
Ahora han cambiado sus hábitos y ya no quedan en cafeterías o restaurantes para tomar café o cenar sino que se visitan sus casas porque les sale mucho más económico.